(Espiando retazos de lo cotidiano desde mi ventana, cámara en mano, y dejando volar la imaginación)

-¡Vamos, vamos, circulen! -dice el inspector con tono airado. ¡Aquí ya no hay nada que ver, dejen a los profesionales hacer su trabajo!

Algunos alzan la cabeza, avergonzados, apuntando con la mirada hacia el final de la calle y abandonan con paso ligero la escena del crimen, mientras intentan recordar hacia dónde se dirigían. Otros, más renuentes, cuchichean entre sí, gesticulan exageradamente, mientras sus rostros muestran incredulidad, espanto, indignación. Hay, incluso, quienes no pueden soportar la visión de tanta barbarie y, presos de una honda tristeza, se aferran al primer desconocido que pasa por su lado, deshechos en un mar de incontenibles lágrimas.

De cuando en cuando, en alguna de las ventanas de los edificios próximos se agita una cortina y asoma un rostro esquivo, que clava los ojos durante unos segundos en el pedazo de asfalto acordonado, para desaparecer rápidamente tras el cortinaje.

En la escena del crimen, una de las funcionarias, retira con diligencia los menudos y frágiles cadáveres. En su rostro no se vislumbra emoción alguna. Empuña con decisión y firmeza, casi podríamos decir que con precisión de cirujano, sus útiles, evidenciando que no es la primera vez que se ocupa de semejante tarea. Queda a la imaginación del lector decidir qué tan inmunizada estará esta mujer ante el horror.

El inspector observa el desolador panorama, mientras mueve la cabeza de izquierda a derecha lentamente. Los puños, apretados, escondidos en los bolsillos de la chaqueta en un afán de contener la ira que pugna por salir. A pesar del desagradable panorama, aún hay quien se detiene a mirar, esto, le saca de sus casillas:

-¡Vamos, vamos, circulen! -grita de nuevo.- ¡Señora, éste no es lugar para niños! ¡hágame el favor de abandonar la zona! ¡Y ustedes también! ¡¿Acaso no tienen otra cosa mejor que hacer?!

Un hombre alto, de rostro cetrino y piel apergaminada se acerca al inspector. Tiene aspecto cansado, oscuras ojeras, como si no hubiera dormido hace días. Permanece unos minutos observando la calle. Finalmente, carraspea y se dirige al inspector, con voz muy queda.

-Es una locura, lo mismo que el año pasado, tal vez más tarde, pero ha acabado sucediendo otro año más y en varias zonas de la ciudad, prácticamente, al mismo tiempo. No sé cómo lo hace. La gente se hace preguntas, nos llaman incompetentes. -Pasa su mano derecha por la nuca, masajeándola lentamente, sinónimo de incomodidad. -Si esto se repite el próximo año no sé qué va a suceder. ¿Tenemos alguna novedad?

-No, señor, ninguna novedad -suspira el inspector, aflojando y apretando los puños aún escondidos en los bolsillos de la chaqueta-. Está resultando difícil mantener en calma a la ciudanía. Cuando esto sucede, se les pone esa nube gris de la nostalgia dando vueltas por la frente y se vuelven imprevisibles. Son escenas duras de contemplar para la gran mayoría, le confieso que por momentos yo caigo en ese abismo casi, sin apenas darme cuenta.

Al final de la calle, la curtida funcionaria sigue con su labor de retirada de cuerpos. Los labios apretados, repitiendo una y otra vez la misma operación a cada paso que avanza, la espalda casi permanentemente encorvada, sólo enderezada cuando es necesario ir a depositar los cuerpos en el contenedor más grande.

-¡Desgraciado…! -murmura entre dientes el hombre de piel apergaminada, mientras mira el asfalto.- Entonces… ¿han confirmado que es “él”, nuevamente, el autor de esta atrocidad?

-El mismo de siempre, lo mismo de siempre, señor. Y no le quepa duda, que después vendrá su socio, “Invierno”, para ayudarle a rematar el trabajo cuando se canse.

“Hojas secas” ©2017 Eva Ceprián