“Acorralada por la oscuridad” Eva Ceprián, agosto 2017

Hay días en que me da por pensar más de la cuenta -o de lo conveniente para mi salud mental, que dirían algunas personas cercanas-, en que me da por intentar desenmarañar el ovillo, intentando encontrar la punta de un hilo que parece no tener final. Días de querer ir más allá, de arañar la superficie de la parcialidad de lo que nos cuentan los medios -entre otros-, a veces “tan oportunamente”, y de lo que de repente callan, silencian, también, “tan oportunamente”. Quien dice los medios, podría decir los miedos, porque todos por lo general caminamos, en algún momento, a menudo, o siempre, con una nube de parcialidad, nublándonos los sesos, generalmente parida por el miedo, entre otras cosas.

Hay días en que quiero ir más allá de lo que pasó hoy, ayer, hace un año, el siglo pasado -con mi nubecita particular a cuestas- y ese desliar, desenmarañar casi que infructuoso, solo me lleva una y otra vez al mismo punto de partida, al primer “hombrecito” que habitó el planeta:

-¿Qué te pasó hombrecito? -le pregunto mentalmente, aún a sabiendas de que ya no está para responderme.
-¿En qué momento fuiste dejando tu legado de miedo, odio, maldad, egoísmo, soberbia y mugre? ¿Por qué? ¿Para qué?- No hay respuesta del otro lado.

¿Es el ser humano, en esencia, bueno o malo por naturaleza? ¿O acaso lleva la semilla de ambas cosas desde el primer momento en que es engendrado? Me pregunto, como se preguntaron otros antes de que yo naciera, como se preguntarán algunos de los que están por venir. ¿Acaso se puso alguien de acuerdo, de una vez por todas, en las respuestas? ¿Acaso vas a desentrañar tú ahora esos misterios?, me digo.

Desde que tengo uso de razón, esas preguntas, me abofetean en la cara, preguntas convertidas ahora en harapos, a fuerza de andar sacándolas una y otra vez de paseo, de ser agitadas de continuo por el viento de mi ignorancia, duda, desconcierto, indignación, tristeza… Preguntas para las que, a día de hoy, aún no he hallado una respuesta convincente, tranquilizadora, esclarecedora.

Siempre he querido creer -y por momentos lo he conseguido- en la bondad del ser humano, en su potencial para sobreponerse a los avatares de la vida, y rehacerse, reponerse, recomponerse como alguien un poco más hábil y mejor: para crear, no para destruir, para unir, no para romper, para amar, no para odiar… Pero ¡ay! hay días en que cada vez me cuesta más comprender, creer, confiar. Tanto, que me canso. No sé si será cosa de la edad, de las revoluciones a las que funciona mi cabeza y sus continuos “cortocircuitos” a fuerza de estar hoy en las nubes y mañana cayendo a tierra, o de ambas cosas… El caso es, que me canso de los escenarios, de los figurantes, de los actores, de figurar en el guión… de tener que salir a escena así me toque hablar o callar. Me canso a poco que meto la cabeza, toda yo, toda entera, en esa maraña, en ese hilo de Ariadna maquiavélico, que parece solo tener la misión de tenernos entretenidos intentando salir de un pequeño laberinto, mientras seguimos ajenos a nuestro encierro en un laberinto mayor.

Me canso

Curiosa de los entresijos del alma humana, cargada, siempre a cuestas, de un equipaje del que me enorgullezco en una cuarta parte y cuyas restantes tres cuartas partes me avergüenzan y aborrezco -en tanto me reconozco arte y parte de la oscuridad que veo fuera y ahora tanto me pesa y oprime- confieso, que hay días como el de hoy, en que me quedo varada, inmóvil, atrapada en el silencio que inunda la casa, y que -tal vez piense e imagine en exceso- solo viene a mi cabeza como en un sueño, mientras me invade el temor -y casi diría que la certeza- de que un día -no sé cuándo-, en algún lugar -no sé dónde-, se escribirá acerca de la humanidad y se la catalogará como una especie abominable, un experimento fallido y nefasto, acaso un error-horror de la naturaleza.

Veredicto fatal, para el que no deberá hacerse esfuerzo alguno para eliminar los últimos restos, porque entre todos ya habremos acabado, despiadadamente, los unos con los otros, justificados por los más “variopintos” motivos.

Y es que, en ese delicado equilibrio de los opuestos, por momentos, me parece ver inclinarse la balanza hacia el lado más oscuro del ser humano, de un modo tan vertiginoso que, al menos a mí, me da pánico, una vez he traspasado la antesala de la vergüenza y el estupor.

Ojalá esté errada, ojalá sea, que tan solo tengo uno de esos días en que estoy harta de tanta pudre, que me vence el pulso la oscuridad. Que es solo que me llegó la hora de sacar la basura, para dejar espacio e intentar llenarme mañana de energía, ánimo y esperanza: Para rehacerme, reponerme, recomponerme, crear, unir, para amar. Para caminar hacia el otro extremo de la balanza buscando un punto de equilibrio, para no perder la cordura, la ilusión, para que el vacío no se trague definitiva e irremisiblemente la niña risueña que fui una vez.

Ojalá

Ojalá

Ojalá…

…ardua tarea por momentos.

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